¿Cómo ser un papá confiable?

La paternidad responsable, implica la construcción de un vínculo de confianza y amorosidad que va más allá de un involucramiento activo de los padres en la provisión de recursos económicos y materiales para la educación, salud y la recreación de sus hijos e hijas
 Acá te dejamos un par de consejos para ser un papá confiable:
La diferencia consiste en que hables con tu hijo y no a tu hijo. Si sólo hablás vos, estás dando a entender que no te importa lo que opine tu hijo/a. Antes que hablar es preferible conversar.
Los interrogatorios no nos brindan información sobre lo que viven, sienten, piensan, anhelan o temen los/as adolescentes. Para salirnos del hábito de interrogar y reemplazarlo por el de conversar, es preciso soltar el control. Porque el interrogatorio es una forma de control, tiene su origen en la desconfianza y pone al/a la adolescente bajo sospecha. De este modo, la mesa está servida para que estalle el conflicto
Las preguntas cerradas son aquellas que no dejan mucha margen de respuesta porque para responder basta un simple No, Sí, No sé. 
Si sólo hacés preguntas cerradas el diálogo no fluye y la conversación se agota en un abrir y cerrar de ojos.  Las preguntas abiertas, en cambio, dan la oportunidad de intercambiar pareceres, saber lo que la otra persona piensa, siente, desea, etc.

Ya no son lo que eran, y nos toca a nosotros cambiar el chip, adaptarnos y crecer. Cuando les seguimos tratando como si fueran chiquitos/as, no se sienten validados/as ni respetados/as como los/ las adolescentes que son. 

 

Una alternativa a las órdenes son los acuerdos. Llegar a un acuerdo significa que ambas partes se comprometen  a algo en pos de encontrar lo mejor para las dos. El acuerdo implica que una parte cede y la otra también. Es un buen ejercicio de interés, empatía, confianza y respeto mutuo. Se puede pactar sobre horarios, salidas, hábitos, etc.

 

Expresar lo que sentimos, necesitamos o queremos puede ser una alternativa a las acusaciones, a los juicios o a poner etiquetas del tipo “sos un/una maleducado/a, desconsiderado/a, irrespetuoso/a, etc.” 

 

Estar en desacuerdo o escéptico no es motivo para querer cambiar a la otra persona. 

 

Crecer no es fácil y duele. El sentirse juzgado/a y, por ende, no comprendido/a empeora aún más las cosas. Intentar comprender lo difícil que puede ser hacerse adulto/a, puede facilitar y alivianar el proceso. 

 

Los consejos o moralejas son la manera más segura de poner fin a una conversación. Una alternativa a dar consejos es escuchar e intentar recordar cómo te sentías cuando vos eras adolescente, cómo te hubiese gustado que te traten, te hablen y te respeten.

 

La mirada que pone el foco únicamente en el peligro o el riesgo pierde de vista la potencialidad positiva de la adolescencia con su enorme riqueza, contribución y compromiso. 

 

En lugar de castigar, podemos fomentar la idea de que todos nuestros actos y decisiones tienen consecuencias, de que somos responsables de las mismas y, por tanto, también de su reparación. La reparación no es un castigo, tampoco conlleva dolor,  sufrimiento ni humillación. Se trata de que el/la adolescente asuma la responsabilidad de sus actos y repare el daño causado. Otra pista: Lo ideal sería que estas reparaciones, proporcionales a la falta cometida, sean establecidas de mutuo acuerdo.

 

Aún si tu hijo/a llega a decir cosas que te ofenden o duelen, no significa que te dejó de querer. No te lo tomes personal. El/ la adolescente necesita romper con las estructuras y las figuras de autoridad para después poder reconfigurar o rearmar las suyas propias. Hacerte la víctima no ayuda a nadie y sólo empeora las cosas. Acordate de que el adulto sos vos. 

Aunque es normal enojarse, no necesitamos enojarnos para ser firmes o poner límites. Incluso podemos demostrar firmeza y vulnerabilidad a la vez. Esta actitud da más elementos que el enojo para el buen desarrollo del/la adolescente.

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