Necesitamos una respuesta efectiva, articulada e integral al VIH

Por: Martin Negrete

Desde el año 1988, cada 1 de diciembre  se conmemora el “Día Mundial de lucha contra el SIDA”, el cual fue proclamado por la OMS (Organización Mundial de la Salud) como fecha para recordar a las más de 40 millones de personas que han perdido la vida por causas relacionadas al SIDA, lo que la convierte así en una de las pandemias más destructivas de la historia de la humanidad.

Alrededor de esta fecha, no sólo recordamos a los fallecidos, sino también se reconocen los avances en el acceso universal a la salud y se reflexiona sobre los desafíos y barreras que aún persisten y que condicionan que todas las personas con VIH accedan a todos sus DDHH y logren una mayor y mejor calidad de vida.

El impacto del SIDA ha sido de tal magnitud que obligó a una movilización de recursos y de comunidades sin precedentes. De hecho, el 1 de diciembre es la primera vez que se incluye en el calendario de las NNUU una fecha que conmemora una enfermedad.

El SIDA por lo tanto no sólo es un problema de salud pública, en cuanto que afecta la salud de las personas, sino que al tener un impacto desproporcionado en personas jóvenes y en edad reproductiva (la principal vía de trasmisión es la sexual) esto ha afectado una franja de edad de la población productiva y reproductiva, incrementando las condiciones de pobreza de los países.

Por otro lado, las personas con VIH no sólo deben soportar la carga de la falta de salud y muerte asociados a la naturaleza crónica de la enfermedad (infección crónica mortal en sus inicios antes de la terapia antirretroviral introducida a mediados de la década de los 90), sino que también deben gestionar la enorme carga de estigma y discriminación que se asocia a esta condición de salud.

En las últimas décadas se ha avanzado enormemente en el acceso al tratamiento, lo que ha permitido a las personas con VIH tener una calidad y expectativa de vida similar al resto de la población. Sin embargo, este enorme avance a nivel sanitario no fue acompañado con la eliminación del estigma y la discriminación relacionado con la condición de vivir con el VIH. En muchos casos, el efecto del estigma puede ser mucho más devastador que el mismo efecto del virus.

Muchas personas con VIH siguen temiendo el rechazo de sus familias y parejas, la pérdida de sus trabajos y de sus proyectos de vida. 

Según el Índice de Estigma y Discriminación en personas con VIH realizado por la Fundación Vencer en el 2017, las personas con VIH experimentan situaciones de discriminación en diferentes escenarios;

7 de cada 10 personas con VIH han reportado algún hecho de discriminación sufrida a manos de una tercera persona (rechazo, exclusión, violencia verbal y/o física).

8 de cada 10 han experimentado creencias y emociones negativas hacia sí mismos posterior al diagnóstico (vergüenza, culpa, baja autoestima, resentimiento, etc.)

4 de cada 10 han reportado alguna barrera para el acceso y disfrute de sus DDHH en diferentes ámbitos (acceso a la vivienda, el trabajo, la educación y la justicia).

Por lo expuesto, podemos afirmar que el VIH no sólo es un problema de salud o económico, sino también es un verdadero desafío en el ámbito de los DDHH.

En este contexto, la respuesta al VIH debe ser multisectorial, es decir, los efectos de la pandemia del VIH sobrepasan al ámbito sanitario y exige una respuesta y articulación entre diversas políticas como la eliminación de la pobreza, igualdad de género, igualdad entre las personas, educación, trabajo o justicia entre otros.

Asumiendo que la principal vía de transmisión es la sexual, donde 9 de cada 10 casos de VIH se explica por contactos sexuales sin protección y que el estigma es un resultado de ideas y creencias erróneos relacionados con el VIH y con las personas que viven con el virus, no podemos obviar el rol fundamental de la educación como instrumento de cambio de actitudes y comportamiento, de promoción de conductas preventivas (uso del condón) y de toma de decisiones informadas sobre el ejercicio de la sexualidad en especial en adolescentes y jóvenes. Por otro lado, también es una herramienta de cambio social, ya que si esta educación posee un abordaje desde los DDHH y de género sirve como un medio para prevenir los prejuicios que son el germen de las conductas de discriminación y violencia.

Por lo dicho, es fundamental que el Ministerio de Educación reconozca su rol intransferible en esta tarea y su aporte fundamental en la Respuesta Nacional al VIH.  Sin embargo, este rol no ha sido cumplido por esta cartera de gobierno, que ha negado de forma sistemática la introducción de la Educación Integral de la Sexualidad en el sistema educativo, negativa basada en posiciones sectarias e ideológicas.

La Educación Integral de la Sexualidad es un abordaje pedagógico imprescindible en el campo del VIH y SIDA, el cual ha sido un reclamo no sólo de las organizaciones civiles que trabajamos en el ámbito de la salud y de los DDHH, sino también de otros ministerios como el de Salud Pública y el de Niñez y Adolescencia. 

Solo logrando esta articulación de políticas, esfuerzos y voluntades, sobrepasando posturas sectarias, se podrá lograr una verdadera respuesta al VIH integral, articulada y efectiva, en beneficio de la población paraguaya.

 

Martin Negrete
Psicólogo y Master en Salud Pública
Coordinador General de la Fundación Vencer
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